Pintura barroca de la Asunción: la Virgen asciende entre ángeles mientras los apóstoles rodean el sepulcro vacío
Juan Martín Cabezalero, «La Asunción de la Virgen» (h. 1670). Museo del Prado.

«¡Bienaventurada la que ha creído!» (Lucas 1, 39-56)


La fiesta de la Asunción de María tiene un profundo arraigo en el pueblo cristiano. Muestra de ello son los muchos pueblos y ciudades que celebran hoy su fiesta.

Un pueblo cristiano que conoce bien los dramas de la vida cotidiana (a los que también alude, aunque con un lenguaje extraño a nosotros, el libro del Apocalipsis). Crisis social, incendios, terremotos… Contemplar a María participando plenamente (en cuerpo y alma) de la Resurrección de Cristo no es para evadirnos de la situación. El Evangelio nos muestra a María en camino, de prisa, para hacerse presente en casa de Isabel y ayudarla en el embarazo que afronta con una edad avanzada. Y María canta la obra salvadora de Dios en medio de la historia del pueblo (Abraham y su descendencia), y en favor de los pobres.

María es una señal para nosotros. Como nos dice hoy Pablo, también nosotros seremos asumidos por la Resurrección de Cristo. Una Vida Nueva y definitiva que asume también nuestros esfuerzos por hacer este mundo lo más habitable posible, y la vida que compartimos, ese crear lazos de apoyo mutuo, de cercanía, de escucha, de amistad y comunidad. Creer (¡Bienaventurada la que ha creído!) es también ponerse en camino.

Canto para la oración