Escultura de una persona abrazando a otra entre los árboles

«¿Cuántas veces tengo que perdonar?» (Mateo 18, 21-35)


El Evangelio subraya la importancia y necesidad del perdón:

Perdonar no significa justificar lo que ocurrió, ni tampoco quitarle importancia. Es restablecer la relación con la persona en clave positiva, y «pasar página», para no quedarnos atados emocionalmente a un hecho del pasado.

Y, a la vez, es la gratuidad la que nos pone en sintonía con Dios, para acoger el perdón que Él ofrece incondicionalmente.

«¡Qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras [cosas], y decir: “perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia”, o “porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por vos y os amamos mucho”; y no dijo “porque perderíamos la vida por vos”, y, como digo, otras cosas que pudiera decir, sino sólo “porque perdonamos”. (…)»

«No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió; porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor»

Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 36, 7-8.11

Muchas veces, el perdón es un camino. El primer paso es «querer perdonar». Lo siguen las actitudes y signos reconciliadores (tal vez no podemos evitar sentirnos mal con alguien, pero sí podemos elegir tratarle bien…) y más tarde, llega a ser ese «perdón de corazón» en el que podemos sentir la paz interior. A ese camino lo acompaña la oración: pedir a Dios que sane nuestras heridas y nos ayude a perdonar (o pedir perdón), nos infunda su paz.

Canto para la oración